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Maleza de dentro

 

Bendito olvido cuando ayuda a quitar la mala hierba, pero bendita la memoria que nos crea de nuevo (nos recrea) cuando tenemos que narrar nuestra historia. Mirar la casa desolada sabiendo que era la nuestra y que el cobijo se ha hecho intemperie. Habitación ahora de arañas, la rama de zarza, una hoja de periódico viejo que no contiene una buena noticia: tal vez un breve sobre un avistamiento, una tempestad en mar privado y una numeración equivocada.

Los escalones, rampa de barro, y en el acceso difícil se resume la vida de alguien a quien, tal vez, conocemos de cerca. De cuanto hemos contado hemos hecho acopio, o eso creemos, y no avisa la espina cuando raja.

Qué extraño que el muro de carga fuera solo panderete y el vencimiento más próximo de lo que suponíamos.  El horror vacui exige que limpiemos también la casa del alma, cada quien con su manera. Vale la poesía para eso, antes de que la hierba mala lo invada todo.

 

Paredes de la casa desolada

Imagen en Galicia

Aprehender una imagen mediante el óleo es interpretar un cuento que los ojos, acostumbrados a la rapidez y la traducción simultánea, son a veces incapaces de narrar. La fotografía fija el presente, o un pasado muy próximo. La pintura, en cambio, parece mezclar futuro y pasado para formar un presente trabajado, de mano y mente.

Cazar un paisaje para pintarlo es ligeramente distinto de hacerlo para fotografiarlo. Se sabe que habrá una meditación pero que mientras la mano actúe solo habrá sitio para la sombra, la contraforma y el trazo.

Cuando se acaba el contento del hecho viene la apreciación crítica. No del logro pictórico, si lo hay, sino de lo que la imagen ha hecho a la tabla vacía. Una casa vacía y desolada, sin suelo, tensa la espera de la ruina, atacada o acariciada por las plantas, rodeada de una tierra sucia pese a lo fragante de los árboles.

Y una escalera rota que no permite subir, lo que nos deja solo una sensación de aplastamiento. Pienso en los que quedan varados en los pisos superiores, engañados, apenas durante unas semanas, por la sensación de estar a cubierto y sin mirar el pecio en el que se convierte, inexorable como la herrumbre, la vida de todos. Cuando el enjalbegado pierde el brillo y las ramas de la hiedra parecen apretar, como un puño cruel, el alma de quienes no miran.

 

Lecciones de viejo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la divagación de encontrar formas fantasmales dicen que muchos príncipes han perdido corona y seso. No me tengo por tan alto, de modo que dejo solo pasear la mirada, y que el foco se pierda como la mente. Un cálculo rápido me deja saber que los avisos de ese paspartú elegante de piedra se han perdido también, y que los propios carteles se han ido difuminando, agraviando con el orín del pegamento (engrudos de harina y agua, tal vez aún alimente) la superficie. No hay ciencia como la dendrología que nos permita saber qué edad se ha posado ya en ese lienzo, pero podemos dibujar la forma de un hombre de traje blanco que se viene al que mira, y eso es tan amenazante como la mancha de óxido sangriento (igual que si hubieran frotado en seco, con esparto) que la  rodea.

La impresión de una D mayúscula. Algo que se parece a una T. El hombre del traje blanco parece tender la cabeza no sobre el cuello, sino sobre su hombro derecho. Y una serie de líneas casi horizontales, casi paralelas, que no acaban de decidirse, como una persiana de casa abandonada. Estoy contento de no encontrar explicación. Pero siento algo de frío en la espalda.